Soy Jennyffer Restrepo, y aunque mi profesión como psicóloga hace parte importante de quién soy, mi historia va mucho más allá de un título o de un rol dentro de un consultorio. Soy una persona sensible, con un deseo genuino de comprender a los demás y de aportar algo positivo en sus vidas. Desde joven me he reconocido como alguien con una gran capacidad de escucha, aunque también como una persona tímida y con mis propias luchas internas. Como cualquier ser humano, he tenido miedos, dudas y aspectos por resolver; sin embargo, he aprendido que abrazar mi propia vulnerabilidad también me permite acompañar la vulnerabilidad de otros.
Mi deseo de ayudar a las personas nació, en gran parte, de mis propias experiencias. Hubo momentos de mi vida en los que experimenté la sensación de estar sola, de no tener una guía que me orientara cuando tenía dudas o atravesaba situaciones difíciles. Recuerdo etapas en las que cargaba con la idea de que muchas cosas eran mi culpa, aunque con el tiempo comprendí que no era así. Vivir esas experiencias despertó en mí el deseo de convertirme en esa presencia de apoyo, comprensión y orientación que en algún momento yo también necesité.
Mi camino hacia la psicología no estuvo marcado por un único instante de revelación, pero sí existe un recuerdo que permanece muy presente en mi memoria. Cuando estaba en grado 11, tuve la oportunidad de escuchar una charla de un psicólogo de la Fuerza Aérea. La manera en que hablaba sobre la profesión, sobre el acompañamiento a las personas y sobre el impacto que podía generar en sus vidas me hizo sentir que ese camino podía ser para mí. Sentí que encajaba con mis cualidades, especialmente con mi capacidad de escuchar y mi interés por comprender a los demás. Elegir la psicología significó dar el primer paso hacia la profesión que hoy representa una parte fundamental de mi vida.
Ser psicóloga significa para mí una gran responsabilidad, pero también un enorme privilegio. No todas las personas tienen la facilidad de abrir su corazón y compartir aquellos aspectos más sensibles y dolorosos de su historia. Por eso, cuando alguien decide confiar en mí y permitirme entrar en una parte tan íntima de su vida, lo recibo con mucho respeto y gratitud.
Cuando inicié mi formación profesional no tenía un sueño completamente definido ni una meta específica sobre hasta dónde quería llegar. Lo que siempre estuvo presente fue el deseo de acompañar a las personas en sus procesos, brindarles un espacio seguro y ayudarlas a encontrar nuevas perspectivas cuando sienten que no existen más caminos posibles.
Durante mi recorrido personal y profesional han existido personas que han dejado una huella importante en mí. Mis maestras de la universidad fueron fundamentales, especialmente una docente de apellido Roso, quien me impulsó de maneras que quizá nunca imaginó. Su apoyo llegó en momentos en los que pude haberme rendido, y gracias a ella encontré fuerzas para continuar. Actualmente también sigo aprendiendo de colegas, tanto nacionales como internacionales, que me permiten ampliar mi mirada sobre la psicología, cuestionarme lo que antes daba por sentado y seguir creciendo como profesional.
Uno de los aprendizajes más grandes que me ha dejado escuchar y acompañar historias humanas es comprender que cada persona tiene una historia única y que su manera de enfrentar la vida está profundamente relacionada con lo que ha vivido. He aprendido que una persona que ha sido herida puede reaccionar atacando como una forma de protegerse, mientras que otra puede esforzarse por mostrar lo mejor de sí para no repetir aquello que le causó daño. Esto me ha enseñado a mirar a las personas desde la comprensión y no desde el juicio, entendiendo que cada quien atraviesa sus propios procesos.
A lo largo de mi carrera han existido experiencias que me han marcado profundamente. Más que una historia específica, recuerdo especialmente aquellos casos en los que la realidad me mostró los límites de la profesión: personas enfrentando enfermedades difíciles, situaciones familiares complejas o condiciones económicas que influyen directamente en su bienestar emocional. Estos momentos me enseñaron que como psicóloga no tengo el poder de eliminar todos los problemas ni cambiar todas las circunstancias, pero sí puedo acompañar, orientar y ayudar a que una persona encuentre herramientas para sostener aquello que está viviendo y hacerlo de una manera más llevadera.
Mi manera de ejercer la psicología está basada principalmente en el respeto por la historia y la experiencia del otro. Para mí es fundamental ayudar a las personas a comprender el origen de su dolor y recordarles que esa experiencia difícil no representa la totalidad de quienes son. Una situación dolorosa puede hacer parte de su historia, pero no define todo lo que existe en su vida. Mi propósito es acompañarlas para que puedan reconocer también sus fortalezas, sus aprendizajes y aquellos aspectos que les permiten continuar.
La parte de mi trabajo que más refleja mi esencia y mi vocación es ese momento en el que una persona logra expresar aquello que ha guardado durante mucho tiempo. Puede ocurrir en la primera consulta o después de varias sesiones, pero cuando alguien encuentra la confianza para mostrar su parte más vulnerable y permitirme acompañarla en ese lugar, siento que estoy conectada con el verdadero sentido de mi profesión.
Aún tengo muchos sueños por alcanzar. Reconozco que mi camino profesional continúa en construcción y tengo el deseo de realizar una especialización, una maestría y mantenerme en constante actualización. Para mí, aprender nunca termina, porque cada persona que llega al consultorio trae consigo una historia diferente que me recuerda la importancia de seguir preparándome y creciendo.
La huella que deseo dejar en las personas que pasan por mi camino es la sensación de que siempre existe una posibilidad, de que todavía hay esperanza y de que alguien puede creer en ellas incluso cuando ellas mismas han dejado de hacerlo. Me gustaría que cada persona pueda llevarse del consultorio la confianza suficiente para enfrentar su vida diaria y recordar que, aunque exista dolor, también existen recursos, oportunidades y caminos por construir.
A alguien que atraviesa un momento emocionalmente difícil le diría que no tiene que poder con todo al mismo tiempo ni cargar sus dificultades en soledad. Muchas veces creemos que ser fuertes significa resistirlo todo, pero también hay fortaleza en reconocer el dolor, aceptar nuestras limitaciones y permitirnos pedir ayuda. Lo que una persona siente en un momento determinado es válido, y darse la oportunidad de buscar apoyo puede ser el primer paso hacia un cambio.
Una enseñanza que representa mi manera de ver la vida y la psicología es el aprendizaje constante. Siempre existe algo nuevo por conocer, tanto en la vida como en la práctica profesional. Nunca llegamos a saberlo todo; cada persona que conocemos puede enseñarnos algo diferente y recordarnos que siempre hay razones para seguir estudiando, cuestionándonos y avanzando.
Para mí, sanar no significa olvidar lo ocurrido ni hacer como si nada hubiera pasado. Sanar es poder mirar una experiencia difícil y reconocer que, aunque forma parte de nuestra historia, ya no tiene el mismo poder sobre nosotros. Es como una cicatriz: permanece como recuerdo de lo vivido, pero dejó de doler. Sanar es permitirnos una nueva oportunidad, reconstruirnos y volver a elegir la vida.